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Pasarse el juego: lo que Franz, a sus 97 años, me recordó sobre disfrutar de la vida

A veces, un encuentro breve nos ayuda a mirar de otra manera lo que ya tenemos delante.

Un paseo por la costa, una silla eléctrica a toda velocidad y un hombre llamado Franz. Una escena sencilla que se convirtió en una reflexión sobre el tiempo y el presente.

Franz, de 97 años, recorriendo la costa en su silla eléctrica Costa alicantina · 15 de octubre
Franz, disfrutando de un paseo por la costa.

Hay encuentros que duran apenas unos segundos y, sin embargo, se quedan con nosotros mucho más tiempo.

El otro día, circulando por una zona de costa, me crucé con Franz.

Iba en una silla de ruedas eléctrica, a una velocidad que ya quisieran muchos adolescentes. Hacía sol, llevaba gafas oscuras y parecía disfrutar de aquel paseo como quien no tiene ninguna prisa por llegar a ninguna parte.

Lo curioso era la matrícula de su silla: su nombre, Franz, y el año 1929.

97 años. Y pensé: este hombre se ha pasado el juego.

Porque mientras muchas veces vivimos atrapados en una carrera interminable por mejorar, conseguir más o convertirnos en una versión perfecta de nosotros mismos, Franz estaba allí. Paseando. Al sol. Viviendo ese momento.

Y aquella imagen me hizo pensar en tres cosas.

1. Lo que Franz me recordó sobre intentar ser alguien

Siempre parece haber algo que mejorar, algún defecto que corregir o alguna expectativa que cumplir. Como si la vida empezara cuando por fin consiguiéramos ser quienes creemos que deberíamos ser.

Pero ¿y si la vida no estuviera esperándonos al final del camino?

2. Damos por hecho algunas cosas extraordinarias

Nos preocupa envejecer, no gustar, no estar a la altura o no encontrar a alguien que nos elija. Mientras tanto, a veces olvidamos lo valioso que puede ser salir a la calle, sentir el sol en la cara y disfrutar de estar aquí.

La salud, el tiempo y las pequeñas cosas pueden parecernos ordinarios hasta que cambian o dejan de estar a nuestro alcance.

3. Una buena vida no tiene que ser perfecta

Tenemos objetivos e ilusiones, pero no siempre nos enseñan a disfrutar del camino. Quizá una de las grandes contradicciones sea tener momentos valiosos delante y pasar el día pensando en todo lo que todavía nos falta.

No sé nada de Franz, ni de su historia ni de sus dificultades. No quiero sacar conclusiones sobre su vida a partir de unos segundos. Pero aquel día me regaló una imagen que me hizo reflexionar.

A sus 97 años, allí estaba: al sol, con sus gafas oscuras y su silla eléctrica, recorriendo la costa.

Quizá pasarse el juego no consista en conseguirlo todo, tener éxito o gustar a todo el mundo. Quizá consista en entender que la vida no es un examen que tengamos que aprobar, sino una experiencia que merece la pena disfrutar.

Gracias, Franz, por recordármelo.

José Antonio Mazoteras